NUESTRA HISTORIA FAMILIAR NO ES LO QUE SOMOS


Todos tenemos una ‘historia familiar’ que llevamos a cuestas en nuestro corazón. Y esa historia, nos creó una herida (a cada uno la suya) que nos va a acompañar toda la vida. 

Me pasé muchos años queriendo eliminarla, hasta que entendí que formaba parte de mí y que la cuestión no era deshacerme de ella sino aprender a convivir con ella. Y descansé en Paz. Porque intentar cortarte un miembro tuyo (en este caso emocional) duele mucho. Es una lucha, un rechazo, continuo y sin final. 

Es tan profunda, está tan Dentro, que la mayoría del tiempo no la sentimos. Y de repente, la vida te ofrece la oportunidad de sacarla de su escondite. De hacerle caso. De darle Luz. A través de una pareja, de un trabajo, de una amistad, de ‘lo que sea’. Y en ese momento, en el que estás flotando entre todos tus miedos, eliges si quedarte allí, mirarlos de frente y quitarles la máscara, o huir de ellos, enterrarlos de nuevo y devolverlos a tu ‘oscuridad’. 

Es una decisión sólo. Y depende de la fuerza con la que lata tu Corazón, se inclinará hacia un lado o hacia el otro. Y da igual hacia dónde vayas. Porque si no lo haces hoy, tendrás que hacerlo mañana (siendo mañana de aquí a un mes, un año o 7 vidas como las que dicen que tiene un gato). 

Todo sucede cuando tiene que suceder. Ni antes ni después. No existen los errores, ni las equivocaciones y, por consiguiente, tampoco deberían hacerlo las culpas ni los arrepentimientos. Porque si no lo hicimos, fue porque no era el momento. Porque no pudimos (aunque ese poder esté disfrazado de cobardía o de ‘no querer’). Y el momento, siempre, siempre, siempre es cuando ocurre. No cuando ‘debería de’  haber ocurrido. 

Entonces, ¿de qué somos responsables? De todo lo que sentimos, que no es pecata minuta. Dejar de culpar a nuestros padres, a nuestros amantes, a nuestros jefes, a nuestros políticos, a nuestros vecinos, a las tormentas solares, a las toxicidades, a nosotros mismos… de nuestra tristeza, culpa, frustración, rabia, ignorancia, ira, soledad, miedo, vacío, nostalgia y/o infelicidad es el mayor acto de responsabilidad que podemos hacer. 

No somos lo que nos ocurrió. No somos Ellos. No somos nuestros pensamientos. Ni nuestros sentimientos. No somos nada de eso y a la vez lo somos todo, porque todo está en nosotros. En un instante, las cenizas se transforman en fuego y te vuelven a abrasar. Y en otro instante, vuelves a convertirte en cenizas de nuevo. Y así, sucesivamente.

Polvo somos y en polvo nos convertiremos”

El problema es que no queremos ser polvo y por eso deseamos ‘quitarnos’ de encima, considerándonos nuestra ‘propia mierda’, creyendo que así brillaremos más y mejor. Que dejaremos de estar sucios. Que oleremos a rosas. Y que estando tan perfumados, ¿quién va a osar abandonarnos? ¿A no amarnos?

Nos equivocamos en juzgar a la mierda como ‘mierda’. A la sombra como ‘mal’. Y a la herida como algo que hay que sanar tachándola de nuestra lista de cosas a las que amar.

Es nuestra interpretación de ‘cómo tenemos que ser’ la que hace que NO SEAMOS. La que nos provoca más sufrimiento del que ya tenemos (si es que lo tenemos). Ya hay suficiente rizo como para encima rizar más el rizo y hacernos una ‘permanente’ con él, ¿no?

Muchas veces nos perdemos en las preguntas de ‘por qué y para qué’ nos ha pasado esto o aquello cuando lo único que nos está pidiendo la vida es que dejemos de querer encontrar respuestas y que únicamente sintamos. Nos sintamos. Y vivamos. Nos vivamos.  Sin interrogantes. Sin análisis. Sin búsquedas mentales. 

Estudiar es muy fácil. Abrir el corazón, abrirte y dejar que entre eso que tanto temes, salir al mundo real y poner en práctica todo lo que has aprendido, estudiado, memorizado, másterizado, doctorado, cursado y charlado es lo difícil.

(Lo dice una experta en ser muy abundante en títulos y muy carente en experiencias).

Hablar (escribir), habla cualquiera. Hacer, muy poca.

Y, ¿sabes? No hay prisa. De verdad. No estaría de más que nos quitásemos esa presión de ‘llegar ya’. Y de que si no llegamos, se acaba el mundo. Cuando el Mundo somos nosotros. Y nosotros, infinitos. Tenemos toda la eternidad para caminar nuestro camino. No hay nadie ni nada con un cronómetro que nos esté midiendo. Que nos esté puntuando. Que nos esté juzgando. Que nos vaya a premiar o a castigar. Sólo nosotros.

Somos muy injustos, muy crueles con nosotros mismos. Nos tratamos fatal. Con mucha dureza. Con mucha exigencia. Con muy poca ternura. Con muy poca compasión. Con muy poca dulzura.

No venimos a CONSEGUIR nada. Venimos a SERlo todo. TODO lo que nos suceda. Sea lo que sea. Sea cómo sea. 

No venimos a CAMBIAR. Venimos a ACEPTAR. 

De verdad. No hay prisa. Disfruta del viaje. Confía en él. Que donde quieres ir, ya estás. 

Somos los Hijos Pródigos de un lugar llamado Vida.

No somos nuestra historia familiar”