Y CUANDO MENOS ESPERAS, VA LA SORPRESA Y SE HACE VIDA


Puede que tu corazón se haya roto en mil pedazos, y que esos pedazos se hayan vuelto a romper en otros tantos. 

Puede que un día te perdieras y que por mucho que busques nada te encuentras.

Puede que los sueños sean tu realidad más perfecta. Que el sol te queme y la luna te enloquezca. Que las estrellas, al verte, se fuguen. Que los vientos, al soplarte el polvo, te atormenten.

Puede que tu piel esté llena de heridas abiertas. Que sólo con respirar, te escuezas. Que sólo con latir, te mueras.

Puede que la huida sea tu mayor valentía. Y que la soledad se haya convertido en tu mejor guarida.

Pero… olvidaste que las cenizas contienen todo el fuego que las crearon. Que no somos frutos sino semillas.  Y que por muchas ramas que se caigan, la raíz siempre permanecerá intacta.

Creíste que si te enterrabas, desaparecerías. Que nadie te buscaría. Pero volviste a olvidar… que la Tierra es el vientre que te sostiene. Que te acuna. Que te quita la sed. Que te amamanta. Que riega tu sabiduría y que alimenta tu Alma.

Y un día, cuando menos esperabas…, decidiste dejar de correr. Dejar de alejarte. Dejar de lucharte. Dejar de condenarte. Y empezaste a aceptar. A aceptarte. A Sentirte. A SERte y a Amarte. Y elevaste la cabeza bien alto. Y desplegaste tus alas. Y Viste. Y te Viste. Con los mismos ojos, pero con diferente Mirada. Y las apariencias se evaporaron. Las cortinas se echaron a un lado. El escenario se vació de decorado. Y sólo quedaste Tú. Con la desnudez que te caracteriza. Con la transparencia de la que está hecha la Verdad. Con la inocencia que perfuma a la Pureza. Y la perfección de la Paz.

Y te rendiste ante lo que has sido, eres y siempre serás: VIDA. Y en ese momento, comprendiste que si no hay interrogantes, no son necesarias las respuestas. Que el límite entre el bien y el mal pende del hilo de la ignorancia. Que para que haya un efecto, tiene que haber una causa. Y entre los dos, un tiempo. Y que si el tiempo no existe, tampoco pueden hacerlo ellos. 

Y el Destino se transformó en Experiencia. La experiencia, en Presencia. La Presencia, en Hogar. El Hogar, en AMOR. Y todo, y todos, de nuevo, volvimos a empezar…

Sin un POR QUÉ. Sin un PARA QUÉ. Sin una razón, por muy razonable que fuera, que nos llevase a Olvidar.

Sólo un Existir. EXISTIR. Y nada ni menos ni más.