CUANDO LAS RAMAS SE PELEAN, LAS RAÍCES SE ABRAZAN


La Soledad. Divino tesoro del que nos escondemos cuando nos sorprende tocándonos nuestro vacío. La tendencia es huir de ella. Es como un vendaval que pone patas parriba toda tu seguridad, todo tu poderío, toda tu valentía. Te deja desnuda ante la Nada. Y es tan profundamente abismal. Tan vertiginosa…

Hablo de la no elegida. De la que surge sin previo aviso. La que hace que se tambaleen tus cimientos. Tus máscaras. Tus pilares de la Tierra por la que tan fuerte pisas. Ésa es para mí la Gran Maestra. 

Estar solo no es soledad. Yo estoy prácticamente todo el día sola y muy poquitas veces la siento. Y hay mucha gente que estando rodeada de compañía, no se puede alejar de Ella. No se sabe dónde habita. Quizás siempre se encuentre en nosotros y se cuela por las brechas que dejamos cuando nos alejamos de nuestro Centro. Para avisarnos de que volvamos a él. De que hay algo que estamos haciendo, o dejando de hacer, que ya no nos pertenece. Que soltemos. Que volemos. Que muramos para renacer.

Hoy me ha hecho ‘toc toc’ en el Corazón. La veía venir. Me ha recordado que ahí fuera también hay Vida. Y que por mucho que me resista, la necesito. Que mi independencia tiene un límite. Y que si me paso tres pueblos (incluso dos), se apoderará de mi bienestar, de mi felicidad. Me arrebatará mi plenitud y me dejará tirada con el desgarro que me produce la sensación de ‘separación’. Para que mueva el cuelo. Mueva mi pereza por interactuar. Mueva mi comodidad. Y me ponga a caminar. Hacia otros cuerpos. Otras pieles. Otros pensamientos. Otras sonrisas. Otras miradas diferentes a la mía. Que ya me tengo muy vista y demasiado ‘aprendida’.

Es curioso. Cuando se me acerca tanto, la primera reacción es contactar ‘con la sociedad’. Y cuando ya he hecho el trabajo, lo que deseo es estar sola. Cuando me SIENTO sola, me apetece ESTAR sola. Qué sinsentido, ¿no?. Podría haber quedado con alguien, que era ‘lo que se me pedía’: ¡No te aísles, sal! Pero ni he podido ni he querido. 

Y Aquí estoy. Escribiéndome. Expresándome. Manifestándome. Echando las tripas por los dedos. Es mi manera de vomitar todo aquello que se me remueve dentro. Lo que me hace un nudo en el pecho y me quiebra la garganta. A veces, cuando las palabras se quedan sin voz, también saltan las lágrimas. Ellas no necesitan decir nada. Sólo ser lloradas para SER… liberadas. Es su función. Cuando nos las tragamos, nos ahogamos. Y una parte de nuestra Alma, se ahoga con ellas por haberlas rechazado. Y de ahí, a la enfermedad física, mental, emocional y/o espiritual.

La Soledad. Ya la tengo calada. No me gusta. Qué va. No me gusta nada su Presencia. Es tan intensa… Hace que me sienta muy perdida. Una perdición sin vía de escape. Ni de encuentro. Una perdición que te impide SABER, entender, comprender. Para que el único sostén que tengas seas Tú. Tu esencia. Tu Ahora. Nada a lo que agarrarte. Ningún futuro ni pasado por el que escaparte. Sin preguntas. Sin respuestas. Sólo Tú, contigo y nadie más.

Así es como te enfrentas a Ella. Fundiéndote en su retina. Sin mirar alante ni atrás. Directa a su eternidad. A su infinidad. A su ‘ningún lugar al que regresar’. Y cuando descansas en Ella. Cuando dejas de resistirte a sus caricias. A tus lamentos. Entonces, es cuando se va. Sin olvidarse de su ‘Volveré’ tan particular.

Únicamente sus brazos son los que te pueden abrazar en ese momento. Aunque tú desees que sean otros, más de carne y hueso, los que envuelvan tu tristeza. Aunque tu desesperación por que alguien te AME, en mayúsculas, casi no te permita respirar. Aunque tus ‘no necesito a nadie’ se transformen en ‘no puedo vivir sin ti’. Aunque el Hogar que has construido en tu interior se te caiga encima junto con las paredes en las que has pintado tu aparente sabiduría. Aunque todas tus pasiones se derrumben. Sólo ella está ahí para Ti. O la aceptas. O te aceptas. O sales corriendo. 

Yo prefiero quedarme. Que de Mí, no me saca nadie. Por mucho miedo que tenga. Por muy estremecedora que ME vuelva…

Las nubes pasan, desaparecen. Pero El Cielo, SIEMPRE está. Aunque, a veces, nos cueste Verlo. Aunque, a veces, nos cueste Vernos. Por muy jodidas que estemos, por mucho que nos peleemos con nosotras mismas y con la Vida, el AMOR jamás nos abandona. Si no, no sería Amor…

Una vez que la Soledad se ha esfumado (si tú no te has largado antes), entonces es cuando entiendes, cuando SIENTES que:

“Cuando las ramas se pelean,

las raíces se abrazan”

 

Y es ese abrazo, que es de Ti hacia Ti, el que no tiene precio. Por muy caro que CREAS que te ha costado…

Es ese abrazo, una vez pasada la tormenta, el que te susurra al oído:

-Gracias por haberme(te) esperado

A lo que tú (TE) respondes, sin ningún ápice de duda:

-Ha valido ‘la pena’, CORAZÓN.