EL QUE SE AHOGUE EL ÚLTIMO SE GANA EL CIELO


Dice la Creencia…que cuanto más ahogado te sientas, de más cachito de Cielo te alimentas. Y con ella, hasta el final, The End. No somos conscientes del sufrimiento que nos provocamos voluntariamente. Vamos con un letrero en la frente que pone:

¡Dame caña que con la mía ya no tengo suficiente!

Y cuando recibimos lo que pedimos… nos quejamos de que “la vida es injusta”, “la culpa es de mis padres que no han sabido quererme” o “qué he hecho yo para merecer esto”. ¿Pedirlo a gritos? No con tus palabras sino con tus sentidos, que es el idioma que entiende el Universo.

No es lo que dices, es lo que te crees. Da igual que repitas 1 millón de veces “lo siento, perdóname, te amo, gracias”, cuando tu corazón lo que está emitiendo es “me lo merezco, soy culpable, me odio, des-graciada”. Da igual que respires por la boca efusivamente hasta quemarte por dentro cuando sólo inhalas y exhalas “por miedo a” dejar de hacerlo, por miedo a perder una serenidad que sólo tu trabajo interior te ha facilitado. Da igual que te retires al mar, a la montaña, a una cueva, al Tibet, a la India, a un monasterio a meditar tres veces al año y que te dejes la Paz (que está en ti y en ningún lugar más) allí. Da igual que practiques yoga a todas horas, que realices posturas acrobáticas y que saludes al sol cada amanecer si luego no eres capaz de ser flexible contigo mismo y de darle los buenos días a tu “vecino”. No sirve de nada cuando el poder no lo tienes tú, cuando lo vas derramando allá por donde pasas, cuando no confías en ti, cuando no Crees en ti.

Cualquier técnica, cualquier mantra, cualquier oración, cualquier ejercicio, cualquier mineral, cualquier maestro, cualquier virgen, cualquier ángel, cualquier Dios que no esté guiado por ti, no tiene ninguna validez y jamás te dará lo único que estás buscando a través de ellos, que eres TÚ. Por mucho que practiques Fuera, si te Ignoras Dentro nunca te alcanzarás.

Hay una tendencia a huir de lo que sentimos. Nos da miedo, pánico, vernos tal y como somos en ese momento (que tampoco es lo que realmente somos…) y salimos por patas a distraernos, a cegarnos, a ensordecernos, a drogarnos, a silenciarnos, a encarcelarnos. Cualquier excusa es buena. Tenemos mucho material para elegir: alcohol, sexo, dinero, poder, cuerpo, trabajo, deporte, política, espiritualidad, ongs, cursos, talleres, encuentros, asociaciones, salvemos a la tierra, al medio ambiente, al planeta, a los ancianos, a las mujeres, a los refugiados, a los niños, a los gays, a las abejas, a los toros, a los delfines, a las pulgas, a las hormigas, a un ciempiés….a cualquiera menos a nosotros mismos. 

Nuestra “necesidad de” ayudar al prójimo viene de “una carencia de” llenar un vacío interno que nada externo puede suplir. Y por mucho que se repite, por muchos mensajes que leamos desde hace años y años, es como si no lo entendiéramos. Es curioso ver lo dormidos que estamos cuando estamos dormidos y nos Creeemos despiertos. ¡¡¡Si hasta parecemos búfalos de lo fuerte que roncamos!!! Pero nada, no hay manera de escucharnos.

Desde fuera se ve todo tan transparente… Lo de uno ya cuesta un “poquito” más. Pero bueno, para eso están los espejos que nos rodean continuamente. Algunos de ellos hasta acaban convirtiéndose en cebollas de tanto repetirse una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, y otros transformándose en “patrones” de barco, para navegar lo más lejos posible de sus reflejos mismos. Se olvidaron de decirles que para trabajar con Humanos era imprescindible tener el don de la paciencia….

Total, que ahí vamos todos a tirarnos al río sin haber aprendido a nadar, a contracorriente e impidiendo a toda costa que fluya el agua que nos quita la sed.

Nos dijeron que el que se ahogara el último se ganaría el cielo… Y, evidentemente, si te ahogas, TE VAS “a saber dónde”, ya seas el primero o el último, pero no a ese cielo que crees que está tan lejos, que es tan inaccesible, que sólo si eres un santo (tu concepto de santo…), que sólo si te fustigas, si te esfuerzas, si luchas, si sufres, si te duele, si te asfixias… puedes llegar. Eso se llama “evasión impuesta” de la Realidad por la que se paga un precio muy muy alto llamado Infelicidad.

El Cielo ha estado, está y estará siempre aquí abajo, en el suelo que pisas, en la piel que habitas, en las emociones que te visitan, en los pensamientos que analizas, en los “te quieros” que te callas, en los silencios que gritas, en los abrazos que marchitas, en los polvos que te quitas, en los orgasmos que te ponen…, en los instantes que se eternizan, en las miradas que te hipnotizan, en las que te clavan y en las que te sacan de tus casillas, en esas ausencias tan presentes, en las presencias que te ausentan, en los oasis de tus desiertos, en las voces que te tiemblan, en las manos que te perpetúan, en los besos que te plantan, en los éxtasis que te levantan, en los secretos que acaricias…

¿Dónde te Crees si no que tu Alma habita?

Nada. No hagas nada. Bájate del tiovivo al que te subiste, que ya hace tiempo que murió… Y camina, sólo camina.

Lo único que hay que ganarse

es el dejar de perderse

y el empezar a encontrarse

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